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Injusticias
Sexta columna en el desaparecido sitio Plazastechadas.cl
Si hay algo que compartimos plenamente con mi vieja es la fobia hacia las injusticias. No es que no nos gusten, que vivamos por evitarlas ni que las hayamos vivido más que el resto. Simplemente, el puro hecho de escuchar alguna, nos pone los pelos de punta.
Hasta hace algunos años me era imposible ver una película en la que el protagonista estuviese cumpliendo una condena por un crimen que no cometió, una empleado fuese acusado de robar algo sin ser verdad o que “A” terminara con “B” porque este último le fue infiel, pero en verdad todo fue una maquinación de “C”. Ahora puedo, pero con la guata a dos manos (no me pregunten cómo terminé después de “Bailarina en la Oscuridad”).
Quizá todo provenga de un trauma de infancia. Cuando estaba en el jardín infantil Kangoroo (la embajada de Satanás en Chile) se me puso frente a todos los niños indicando que yo era un ladrón porque me había intentado llevar a mi casa un Avioncito-sacapuntas. ¿Qué había ocurrido? Nada, simplemente me iba con el MÍO, que resultaba ser idéntico al que había en la caja de juguetes del establecimiento. Independiente de que CREO que se disculparon cuando apareció (y yo tenía el MÍO en la mano, lo que indicaba que habían dos) y de que eso no se le hace a un niño de 4 o 5 años, aunque sea verdad, fue la injusticia lo que recuerdo hasta el día de hoy.Así que un sicólogo diría que tengo un trauma recursivo basado en una infanti-mariconada… Yo digo que odio las injusticias.
No es mi intención enumerar las veces que ha ocurrido algo similar, tengo la ventaja de ser grande (en tamaño, no en años), hablar bien y fuerte… Hacerme respetar. Es por eso que cuesta cargarme algo que no haya hecho (y que haya hecho también, pero eso es para otra oportunidad), sin embargo, me suma problemas. ¿Qué mierda me creo? ¿Paladín de la justicia? Siempre me digo “No te metas hueón”, pero sólo a veces me escucho. La última vez que me hice caso fue a medias. Estaba en la primera clase del semestre de Microeconomía y nunca había tomado con ese profesor, que era conocido por su malhumor. Sacó adelante a un compañero y lo obligó a hacer un ejercicio. En menos de 5 minutos y mientras el tipo aun estaba desarrollándolo frente al curso, calificativos como “tonto”, “lerdo” y “lento” fueron lo más suave y pedagógico que le escuché decir. Al pobre y callado tipo que estaba parado mientras lo humillaban en público no lo conocía, nunca había cruzado palabras con él. Por dentro le decía “mándalo a la chucha, mándalo a la chucha…”, pero aun no desarrollo bien la telepatía. En la disyuntiva que me encontraba, no pude quedarme callado: Tomé mis cosas, me paré y salí de la sala. Cuando cruzaba la puerta el “¿pedagogo?” me preguntó “¿Y tú a donde crees que vas?”. Un “A cualquier lugar donde no esté usted, porque me da ASCO como trata a mis compañeros” fue lo más suave que se me ocurrió en ese momento. Hablé con la secretaria de estudios, entablé la queja y me cambié de profesor aunque dicho proceso estuviese cerrado. El viejo aun hace clases sin ningún problema. Cuando me lo encuentro en los pasillos cruzamos miradas de odio mutuo.
Pero a veces es inevitable ser injusto. Hacerle el favor a un amigo en desmedro de quién se lo merece más, darle la pega a la mina más atractiva en vez de a la más capacitada o, simplemente, no escuchar a alguien porque nos desagrada. Sin embargo, si me preguntas que me incomoda más, vivir una injusticia o saber que estoy cometiendo una; creo que la mejor respuesta que puedo darte es una frase que no me pertenece a mí, sino a Sócrates:
Es peor cometer una injusticia que padecerla, porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no.