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Competitivo
Decimosegunda columna en el desaparecido sitio Plazastechadas.cl
Las mejores invitaciones son siempre las inesperadas, y el viernes 12 de diciembre fue la Ale quien me convidó, junto a su pololo y algunos amigos más, a Santo Domingo. Decir que no encontré un lugar para enviar mi columna sería mentir, lo que no me incomoda, pero como muchos de ustedes saben que hoy en día hay cyber cafés hasta en Llolleo, no me queda más que casarme con la verdad: “Me dio lata ir el día domingo, entre rones, piscolas, papas con mucho aderezo, cacho, othello, póker y tallas de la cintura hacia abajo; a sentarme frente a la horrible pantalla del computador de un cyber café, por más ganas que tuviese de cumplir con ustedes en ese momento”. Créanme, el vicio fue más fuerte.
Dicho esto, espero que mi deuda haya quedado saldada con quienes leen “El Diablo es mi Copiloto”. Agradezco la gran cantidad de correos y hasta aquellos con insultos tipo “won flojo manda la weá de columna que toy aburrio”.
Ya en el departamento de la Ale y después de unas papas al microonda con salchichas recocidas, se nos ocurrió jugar unas “sanas” partidas de póker. Maíz de pop corn como fichas, un mazo de cartas, piscolas a la mano, 3 hombres y dos mujeres alrededor de una mesa. Mi racha en esos momentos era devastadora, a los poco minutos 200 granos contaba en mi manojo, versus los 20 o 25 del que me seguía. Una vez terminadas todas las fichas, las mujeres se retiraron. Nos miramos entre los tres y Felipe sacó la voz por los otros dos que pensábamos igual: “Hagámoslo más entretenido… Juguemos con plata”. Cada uno comenzó por comprar las primeras y “últimas” 20 fichas ($200). Allí se dio inicio a lo entretenido.
A los 20 minutos Felipe se quedó sin fichas (mi racha no terminaba) y decidió comprar más. Luego le siguió Rafa, quien a la segunda oportunidad en que se vio en la ruina, se retiró. No había mucha plata en juego, pero por alguna razón con Felipe nos mirábamos con resquemor.
Todo había comenzado el día anterior, cuando a ambos nos enseñaron a jugar Othello a la vez, y le gané. Luego probamos dos partidas de ajedrez, saliendo yo victorioso en ambas. Le siguió una nueva de Othello, cacho, y hasta Play Station… En todas y cada una de ellas gané sin lugar a dudas.
Si bien Felipe es mucho más medido que yo en cuanto a su competitividad (la mía es, a ratos, algo exagerada), se le notaba en la cara un “Necesito ganarle”. Su polola no ayudaba mucho al agregar tiernas frasecillas del tipo: “Mi amor, pare de perder en todo, le va a hacer mal. Mujeres de Chile, un consejo: “Cuando los hombres nos encontramos enfrascados en neardentálicas pendencias cargadas de testosterona… No digan JAMÁS “Mi amor, pare de perder en todo”.
Cuando Felipe comenzó a liderar y a llevarse las fichas por montones (ya que aprendió a interpretar cuando yo blufeaba y cómo me daba cuenta si él lo hacía), en vez de sentirme aliviado y decir “Que bien, ahora va a ganar él y quedaremos todos felices”, que era lo que yo mismo creía que me pasaría… Me calenté. A los pocos minutos éramos los dos un par de ogros jugándose un rebaño de ovejas: “Reparte las cartas como la gente, maricón”; “¿Cómo que “no voy”? mamón de mierda”. “Cómete ese full de ases, futuro vendedor de seguros”. Ufff!!.
Sin embargo, hubo un momento en que Felipe se olvidó de nuestra gresca y, en un gran gesto, invitó al Rafa a jugar prestándole el dinero para las fichas. Rafa perdió todo en un par de minutos y fui testigo de cómo Felipe se dejó ganar unas partidas para hacerle un traspaso “digno” (sí, sí, sí… ego masculino) y permitir que su amigo también disfrutara del juego. ¿Qué hice yo? Ni tonto ni perezoso jugué sin compasión y le gané todo a ambos.
Terminada la partida, Felipe me invitó a competir en un juego de carreras de automóviles. Ya no le quedaba otra que llevarme a SU terreno para recuperar la dignidad perdida. Yo me sentía culpable, había ganado en el póker precisamente cuando me proponía a perder. Me dirigí a la consola y, aun sabiendo que no podría ganarle en algo relacionado con manubrios, cambios, etc; me dije: “Pase lo que pase, ahora pierdo estrepitosamente”.
Menos de diez segundos de juego llevábamos cuando Felipe me adelantó y, girando la cabeza hacia mí para hacer un guiño, dijo: “Muerde el polvo, perrita”. Independiente de que esa frase sea mía (bueno, se la robé a mi amigo Claudio. ¿Saben ustedes como queda la cara de un hombre cuando le dices “perrita”?), tengo 21 años, esas niñerías no deberían molestarme. De acuerdo, no me enojaron, sino que hicieron algo mucho peor: Me provocaron deseos de ganarle. ¿Qué ocurrió? Bueno, eso los dejo a vuestra imaginación, pero supongo que ya se lo intuyen.
No recordaba lo infantil que puedo llegar a ser cuando frente a mí se coloca algún “juguete” y se me dice “compitamos”. No hubo un incidente real, ni pelea o discusión, solamente yo dándome cuenta que, a pesar de que me tenga que afeitar de vez en cuando y que el desodorante en barra sea tan necesario en la mañana como el desayuno… Aun podría ir a un centro comercial para salir en la foto con el viejito pascuero, sentándome en sus rodillas.
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